lunes, 29 de julio de 2013

Fresquito ... recién salido del horno, que estamos en verano y apetece.

Pasé mi última noche en vela. Caminé el trecho que unía mi piso con la facultad. Los pasos más cortos que pude encontrar en mi repertorio de renovadas estupideces, me ayudaron a evadirme del recelo que me causaba lo que el destino podía tenerme previsto para aquella jornada. Rebusqué en la mochila ansiando encontrar un chicle; tenía sed, mi lengua raspaba en la boca como papel de lija. Me iba formando una idea de manera inconsciente, caminaba relajado  sin sentirme prisionero de carga alguna pero a la vez, sentía crecer en mi interior una sensación de futilidad. Demasiado en juego, había que continuar con el plan previsto, no podía abandonar ahora.

-       Buenos días López. Una preciosa mañana para tentar a la suerte, ¿no cree? –el señor Rimbaldi no podía parecer más risueño, ni siquiera con una máscara de carnaval sobre aquella faz suya tan anodina-.

 No hay nada más triste que tratar de ser gracioso sin tener el más mínimo atisbo de simpatía, o de carisma en su defecto. Nuestro emérito profesor titular del departamento de Lengua y Literatura sumaba horas de lectura y restaba salubridad a su apariencia y a sus modos. Nunca creyó en mi y mucho menos ahora que mi tesis no era el resultado exacto de su admonitorio consejo: "Francisco González no fue más que un loco con ideas estrafalarias y sin sentido", sentenció el día en que le informé del tema sobre el que versaría mi trabajo.

-       Buenos días profesor Rimbaldi. –hasta yo me sorprendí respondiendo con aquella inusitada sequedad.- Estaba harto de la hipocresía de aquellos roedores de palabras que examinaban la creatividad con varas de medir tan livianas como sus limitadas entendederas, acostumbradas a la verdad escrita en sus libros de mesilla de noche.

Salón de actos del departamento, 8.35 de la mañana y yo con una sed que me hacía ver charcos de agua bajo cualquier silla. Deambulé todo el tiempo entre el aseo de caballeros y el hall; por todos lados pululaban encorsetados personajes, enfundados en trajes recién salidos de la tintorería, entre risas, cuchicheos… ¡Por favor¡, mi corbata no podía tener más arrugas aún esforzándome en estrujarla a conciencia; en mi camisa el primer botón se había ido de juerga, como su dueño la noche anterior. ¡Dios Santo! Ni siquiera me había concedido un conveniente afeitado. Era el día de la lectura de mi tesis y yo parecía un mendigo, abandonado a mi suerte. Hablando de suerte, por alguna razón irreprochable estaba tomando demasiado protagonismo en una jornada llena de la más irresponsable improvisación, no se podía augurar nada bueno. ¿Para qué leerle aquella conjunción de casualidades a nadie? ¿quién iba a creerla?, tan sólo calificarían la exactitud de una premisa y el método con que se certificó. No lo iban a entender, lo sabía, esto formaba parte del plan y por tanto,  me reconforté pensando que tampoco me importaba mucho.

Unos pocos años antes…


Lo encontré por casualidad, trabado en la pata de una silla, atrapado en un chicle pegado al suelo, de esos que abundan tanto en las grandes ciudades; la última pista, el último jeroglífico. Cuando levanté la vista:

La falda de aquella preciosidad dejaba ver unos firmes y torneados muslos, ni siquiera pude deleitarme en su observación pues el café llegó antes de lo previsto, acompañado de un gesto zalamero del camarero.

            -Arrivederci caro –alto, rubio, ojos azules, con algo de barriga asomando a sus casi cuarenta, Marco Filione no ocultaba su homosexualidad y despedía a los innumerables turistas que se daban cita en la cafetería más popular de toda Venecia, asegurándose mediante el buen trato y el excelente producto la siguiente obligada visita-.
Dominaba la barra desde su casi metro noventa y acudía solícito ante el más mínimo gesto de cualquier despistado extranjero. Un café con napolitana, un tentempié de primera hora, un aperitivo previo al almuerzo, un guiño de alguna preciosa turista ávida por conocer las labores amatorias de los apasionados venecianos. Por la noche ocultaba su entrepierna, moldeaba sus pechos haciéndolos un tanto más turgentes y suavizaba su tono de voz; un escenario, unas medias, rimmel, colorete y un último “show de su vida” que terminaba justo a las doce, hora en que a las cenicientas apuran los restos del hechizo. Apuremos el entresijo y ahondemos en el por qué desde un principio que nos permita hilar la historia:


¿Cómo conocí a Marco?

            Las copas se sucedían en una amalgama de vasos medio vacíos y otros sin estrenar, colillas y cartas de una baraja muy vieja.  Apostábamos por ver quien era capaz de olvidar antes la última cifra del propio carnet de identidad. Perdí, nunca destaqué por mi resistencia al alcohol y mi cabeza aún lo soportaba menos; y caminé descalzo media plaza de San Marcos. Cerca, había un café, lo sé porque no puedo recordar cuantas tazas me obligaron a tomar. El resto de la velada no dejó la más mínima pista en mi memoria., tampoco me he preocupado por investigarla, siendo sincero. Amanecí en una cama, sin ropa, con unas nauseas que me hacían pensar en las góndolas que tanto aborrezco aún hoy, habiendo pasado ya unos años desde que las vi por primera vez. Seguí durmiendo hasta las cuatro de la tarde, momento en el que alguien con ojos azules, brazos fuertes y rostro rubicundo me sacó de un tirón de la cama. A patadas me echaron de aquel piso en el que sólo acerté a notar la presencia de una mujer, sin llegar a constatarla y por supuesto, con razonables dudas de que pudiera haber existido en realidad. No me podía fiar de mi cabeza, no, al menos, de lo que pudiera indicarme que vi ese día; no estaba en condiciones.

Marco me saludó unos días después cuando, sonsacando información a los malnacidos de mis compañeros de piso, pude enlazar pedazos sueltos de una historia tan borrosa en mi cabeza como lo eran, el número de copas que bebí aquella bochornosa y pueril jornada. Llegué andando al Café Di Scola, con prisa, me había citado en un mensaje entregado por un chicuelo, sin más recado que un sobre en su mano: Café Di Scola, 17.00h.
Me saludó con un levantamiento de barbilla acompañado de un guiño, me atendió y le dejé una propina. Sin más ni más, sin terciar palabra.
Puedo asegurar que no traté más con Marco hasta bien pasados dos años. Bueno sí,  supe de él porque hice mis averiguaciones bajo amenaza de severo castigo; todos aquellos años y aún no sabía usar aquel artilugio capaz de lavar mi ropa, ¡malditas máquinas japonesas!; todo lo concerniente a Marco. Visité el club nocturno, pregunté a conocidos y elaboré un detallado informe para la novia de mi compañero Flavio. La diferencia entre mi papel de Phillip Marlowe no sólo radicaba en mi barba de meses, sino en la incompetencia para saber preguntar, como luego pude comprobar.  De casa en casa, en este o aquel bar, uno u otro club y siempre las mismas preguntas, tan directas que nadie reparaba en lo estúpido de mi método sino en lo inofensivo de mis intenciones; nadie podía ser tan tonto. El caso es que Marco era barman, supe de un par de amoríos con un proxeneta madurito y una truculenta historia de cuernos de mujer, la esposa de un teniente de la policía. Y de resto nada; sin pasado y con una aburrida existencia que pendía de un salario engrosado por propinas aderezado por unos pocos euros, propina de su espectáculo de travestismo nocturno. Nada más; como detective privado tenía muy poco futuro. Pero hasta el más negado aficionado tiene golpes de suerte.

Marco me visitó una mañana de unos años después. Serio y tan nervioso como puede estar una gallina en un refugio para zorros. Hablaba en un castellano torpe y atropellado, ese día casi ni le entendí el saludo.

-       Calma Marco, te prepararé un té. Pensaba relajarme un rato, demasiado estudio por hoy.  – me preocupé por parecer sosegado viendo su desasosiego, aunque en verdad, la intención de la visita me carcomiese las neuronas con la misma voracidad con que el fornido camarero arrancaba los hilos sueltos de su viejo suéter.

-       Usted investiga a Nesso di Laudeano, ¿por qué en mi bar?, ¿por qué pregunta a la gente por mi? Ahora yo tengo problemas. Familia Laudeano muy peligrosa. –arrastraba las r como el que preso sus grilletes y yo no podía abrir más los ojos, la sorpresa ya se había convertido en incredulidad. No me puede estar pasando a mi, maldita sea Marta y sus eficientes lavados.   

No expliqué nada, no tenía tiempo más que para improvisar un cuento y en eso tenía cierta experiencia. No necesité lágrimas, tan solo hizo falta un rápido vistazo a la habitación de un pre doctorado, en una ciudad cosmopolita, con las horas de sueño olvidadas de los tantos cambios; todo enlazado con algunos verbos irregulares, con las debidas pausas y la más ambigua declamación, et voilá. Creo que le di pena, más bien, pero la advertencia de sus puños rozando mi cara hicieron que no reparase en las palabras, en un pulcro latín,  que me escupió a la cara: quae periculum est ne nomen. ¡Dios mío! Pero en que lío me había metido.

Retomemos aquella tarde con las piernas de la preciosa turista y el zalamero gesto de Marco en mis pupilas. Volví allí a donde nunca debí haber ido pero las intenciones ya eran distintas: no requería espantar una borrachera a tragos de café, ahora el miedo azuzaba mis pasos. Marco repasó un par de cuentas, abonó unas pocas facturas esperando aumentar su capítulo de propinas y se fijó en mi; con un gesto me dirigió hacia el aseo de caballeros como el titiritero enlaza cabriolas y palabras en sus muñecos.


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