Pasé
mi última noche en vela. Caminé el trecho que unía mi piso con la facultad. Los
pasos más cortos que pude encontrar en mi repertorio de renovadas estupideces,
me ayudaron a evadirme del recelo que me causaba lo que el destino podía
tenerme previsto para aquella jornada. Rebusqué en la mochila ansiando
encontrar un chicle; tenía sed, mi lengua raspaba en la boca como papel de lija. Me iba formando una idea de manera inconsciente, caminaba relajado sin
sentirme prisionero de carga alguna pero a la vez, sentía crecer en mi interior una sensación de futilidad. Demasiado en juego, había que continuar con el plan previsto, no podía abandonar ahora.
-
Buenos días López. Una preciosa mañana para tentar a
la suerte, ¿no cree? –el señor Rimbaldi no podía parecer más risueño, ni
siquiera con una máscara de carnaval sobre aquella faz suya tan anodina-.
No hay nada más triste que tratar de ser
gracioso sin tener el más mínimo atisbo de simpatía, o de carisma en su defecto.
Nuestro emérito profesor titular del departamento de Lengua y Literatura sumaba
horas de lectura y restaba salubridad a su apariencia y a sus modos. Nunca
creyó en mi y mucho menos ahora que mi tesis no era el resultado exacto de su
admonitorio consejo: "Francisco González no fue más que un loco con ideas
estrafalarias y sin sentido", sentenció el día en que le informé del tema sobre el que versaría mi trabajo.
-
Buenos días profesor Rimbaldi. –hasta yo me
sorprendí respondiendo con aquella inusitada sequedad.- Estaba harto de la
hipocresía de aquellos roedores de palabras que examinaban la creatividad con
varas de medir tan livianas como sus limitadas entendederas, acostumbradas a la
verdad escrita en sus libros de mesilla de noche.
Salón
de actos del departamento, 8.35 de la mañana y yo con una sed que me hacía ver
charcos de agua bajo cualquier silla. Deambulé todo el tiempo entre el aseo de
caballeros y el hall; por todos lados pululaban encorsetados personajes, enfundados en trajes recién salidos de la tintorería, entre risas, cuchicheos… ¡Por
favor¡, mi corbata no podía tener más arrugas aún esforzándome en estrujarla a conciencia; en
mi camisa el primer botón se había ido de juerga, como su dueño la noche
anterior. ¡Dios Santo! Ni siquiera me había concedido un conveniente afeitado.
Era el día de la lectura de mi tesis y yo parecía un mendigo, abandonado a mi
suerte. Hablando de suerte, por alguna razón irreprochable estaba tomando demasiado
protagonismo en una jornada llena de la más irresponsable improvisación, no se podía augurar nada bueno.
¿Para qué leerle aquella conjunción de casualidades a nadie? ¿quién iba a
creerla?, tan sólo calificarían la exactitud de una premisa y el método con que se certificó. No lo
iban a entender, lo sabía, esto formaba parte del plan y por tanto, me reconforté pensando que tampoco me importaba mucho.
Unos
pocos años antes…
Lo
encontré por casualidad, trabado en la pata de una silla, atrapado en un chicle
pegado al suelo, de esos que abundan tanto en las grandes ciudades; la última pista, el último jeroglífico. Cuando levanté la vista:
La
falda de aquella preciosidad dejaba ver unos firmes y torneados muslos, ni
siquiera pude deleitarme en su observación pues el café llegó antes de lo
previsto, acompañado de un gesto zalamero del camarero.
-Arrivederci caro –alto, rubio, ojos
azules, con algo de barriga asomando a sus casi cuarenta, Marco Filione no
ocultaba su homosexualidad y despedía a los innumerables turistas que se daban
cita en la cafetería más popular de toda Venecia, asegurándose mediante el buen
trato y el excelente producto la siguiente obligada visita-.
Dominaba
la barra desde su casi metro noventa y acudía solícito ante el más mínimo gesto
de cualquier despistado extranjero. Un café con napolitana, un tentempié de
primera hora, un aperitivo previo al almuerzo, un guiño de alguna preciosa
turista ávida por conocer las labores amatorias de los apasionados venecianos.
Por la noche ocultaba su entrepierna, moldeaba sus pechos haciéndolos un tanto
más turgentes y suavizaba su tono de voz; un escenario, unas medias, rimmel,
colorete y un último “show de su vida” que terminaba justo a las doce, hora en
que a las cenicientas apuran los restos del hechizo. Apuremos el entresijo y
ahondemos en el por qué desde un principio que nos permita hilar la historia:
¿Cómo
conocí a Marco?
Las
copas se sucedían en una amalgama de vasos medio vacíos y otros sin estrenar,
colillas y cartas de una baraja muy vieja. Apostábamos por ver quien era capaz de olvidar
antes la última cifra del propio carnet de identidad. Perdí, nunca destaqué por
mi resistencia al alcohol y mi cabeza aún lo soportaba menos; y caminé descalzo
media plaza de San Marcos. Cerca, había un café, lo sé porque no puedo recordar
cuantas tazas me obligaron a tomar. El resto de la velada no dejó la más mínima
pista en mi memoria., tampoco me he preocupado por investigarla, siendo sincero.
Amanecí en una cama, sin ropa, con unas nauseas que me hacían pensar en las
góndolas que tanto aborrezco aún hoy, habiendo pasado ya unos años desde que
las vi por primera vez. Seguí durmiendo hasta las cuatro de la tarde, momento
en el que alguien con ojos azules, brazos fuertes y rostro rubicundo me sacó de
un tirón de la cama. A patadas me echaron de aquel piso en el que sólo acerté a
notar la presencia de una mujer, sin llegar a constatarla y por supuesto, con
razonables dudas de que pudiera haber existido en realidad. No me podía fiar de
mi cabeza, no, al menos, de lo que pudiera indicarme que vi ese día; no estaba
en condiciones.
Marco
me saludó unos días después cuando, sonsacando información a los malnacidos de
mis compañeros de piso, pude enlazar pedazos sueltos de una historia tan
borrosa en mi cabeza como lo eran, el número de copas que bebí aquella
bochornosa y pueril jornada. Llegué andando al Café Di Scola, con prisa, me
había citado en un mensaje entregado por un chicuelo, sin más recado que un
sobre en su mano: Café Di Scola, 17.00h.
Me
saludó con un levantamiento de barbilla acompañado de un guiño, me atendió y le
dejé una propina. Sin más ni más, sin terciar palabra.
Puedo
asegurar que no traté más con Marco hasta bien pasados dos años. Bueno sí, supe de él porque hice mis averiguaciones
bajo amenaza de severo castigo; todos aquellos años y aún no sabía usar aquel
artilugio capaz de lavar mi ropa, ¡malditas máquinas japonesas!; todo lo
concerniente a Marco. Visité el club nocturno, pregunté a conocidos y elaboré
un detallado informe para la novia de mi compañero Flavio. La diferencia entre
mi papel de Phillip Marlowe no sólo radicaba en mi barba de meses, sino en la
incompetencia para saber preguntar, como luego pude comprobar. De casa en casa, en este o aquel bar, uno u
otro club y siempre las mismas preguntas, tan directas que nadie reparaba en lo
estúpido de mi método sino en lo inofensivo de mis intenciones; nadie podía ser
tan tonto. El caso es que Marco era barman, supe de un par de amoríos con un
proxeneta madurito y una truculenta historia de cuernos de mujer, la esposa de
un teniente de la policía. Y de resto nada; sin pasado y con una aburrida
existencia que pendía de un salario engrosado por propinas aderezado por unos
pocos euros, propina de su espectáculo de travestismo nocturno. Nada más; como
detective privado tenía muy poco futuro. Pero hasta el más negado aficionado
tiene golpes de suerte.
Marco
me visitó una mañana de unos años después. Serio y tan nervioso como puede
estar una gallina en un refugio para zorros. Hablaba en un castellano
torpe y atropellado, ese día casi ni le entendí el saludo.
-
Calma Marco, te prepararé un té. Pensaba relajarme
un rato, demasiado estudio por hoy. – me
preocupé por parecer sosegado viendo su desasosiego, aunque en verdad, la
intención de la visita me carcomiese las neuronas con la misma voracidad con
que el fornido camarero arrancaba los hilos sueltos de su viejo suéter.
-
Usted investiga a Nesso di Laudeano, ¿por qué en
mi bar?, ¿por qué pregunta a la gente por mi? Ahora yo tengo problemas. Familia
Laudeano muy peligrosa. –arrastraba las r como el que preso sus grilletes y yo
no podía abrir más los ojos, la sorpresa ya se había convertido en
incredulidad. No me puede estar pasando a mi, maldita sea Marta y sus
eficientes lavados.
No
expliqué nada, no tenía tiempo más que para improvisar un cuento y en eso tenía
cierta experiencia. No necesité lágrimas, tan solo hizo falta un rápido vistazo
a la habitación de un pre doctorado, en una ciudad cosmopolita, con las horas
de sueño olvidadas de los tantos cambios; todo enlazado con algunos verbos
irregulares, con las debidas pausas y la más ambigua declamación, et voilá.
Creo que le di pena, más bien, pero la advertencia de sus puños rozando mi cara
hicieron que no reparase en las palabras, en un pulcro latín, que me escupió a la cara: quae periculum est
ne nomen. ¡Dios mío! Pero en que lío me había metido.
Retomemos aquella tarde con las piernas de la preciosa turista y el zalamero gesto de Marco en mis pupilas. Volví allí
a donde nunca debí haber ido pero las intenciones ya eran distintas: no
requería espantar una borrachera a tragos de café, ahora el miedo azuzaba mis pasos.
Marco repasó un par de cuentas, abonó unas pocas facturas esperando aumentar su
capítulo de propinas y se fijó en mi; con un gesto me dirigió hacia el aseo de
caballeros como el titiritero enlaza cabriolas y palabras en sus muñecos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario