miércoles, 24 de julio de 2013

La vida de Ayer.

     
     Hace tiempo que no escribo en este blog. Confieso haberlo relegado al olvido pero también puedo aducir al menos un par de razones importantes que me sirven de excusa y me tranquilizan la conciencia. Este es un lugar para descansar nuestras cabalgaduras y dejar que, en el abrevadero que se construyó a propósito, puedan deleitarse con alguna lectura sencilla y sin mayor pretensión que la del simple asueto. Como en ocasiones no podemos descargar esas alforjas que la vida nos impone, descansar de su peso y aliviarnos la moral responsable que nos convierte en buscadores de la felicidad, yo les presto mis propios descansos hechos palabra. No pretendo más que descargarme de la rutina, dejarla apartada un rato, hablar para dentro de mi alma a la vez que transcribo esa conversación hecha cuento y os la dejo leer. 


Pasó el tiempo y la culebra abandonó el páramo. La ciénaga ya no era un buen refugio para su ponzoñosa existencia. Venía notando una sombra en su vagar y la idea de un mal presagio tomaba forma en su sigilosa mente ofídica. Vagó por mil charcos, atravesó llanuras de juncos entre ramas húmedas y croar de ranas, para seguir en franca huida hacia el pasado. ¿El futuro es adelante? Su camino obligado, su travesía perentoria requería mirar atrás, volver la cara a esos años de embustes, de torticeras calumnias, de engaños y malas tretas. Tanto reptar entre lo peor de un ecosistema en el que aquel que no muere, mata; había debilitado las escamas de su ser y derrumbado los pilares de su voraz alma.

Asomó la cabeza una mañana entre las hermosas flores de unos nenúfares para ver una enorme rata. Con su presa en los dientes el roedor buscaba saltar el charco, evitando el peligro de perder la comida o, peor aún, perecer ahogada. Las ratas saben nadar, es bien sabido pero nuestra amiga estaba vieja para alardes de gallardía y el interés junto con la paciencia auspiciaron soluciones. Una rama rota y medio podrida por el continuo contacto con el agua, sirvió de improvisada embarcación al sagaz roedor. Una travesía sencilla y tranquila. Con las patas, el animal remaba en contra de una suave corriente que propiciaba esa brisa, tan habitual en el pantano, de primeras horas de la mañana. De pronto observa una sombra bajo la nítida superficie de agua y el temor se hace dueño de la situación; el peligro es real. Una rata vieja, sobre una frágil rama podrida, en medio de un charco cualquiera de una inmensa marisma llena de depredadores; no se auguraba nada bueno. ¡Hay que ver cuanto miedo le puede provocar a un cazador la posibilidad de ser cazado¡ 

El desenlace apenas duró un par de segundos, los que necesitó nuestra culebra para engullir de un bocado a la rata y su presa. El desafortunado roedor no pudo adivinar que la sombra bajo el agua correspondía a la cola de la culebra que, astutamente, provocaba una corriente a fin de colocar la rama y a su improvisado patrón, en la posición correcta para abordarlos en un mismo y vertiginoso ataque; no podía haber lugar a un segundo intento, no cabían los errores. 

La culebra debía escapar hacia el pasado, ese que la vio nacer en un territorio libre de cuervos, halcones, buhos, etc; pero tal y como ocurre una y otra vez en la vida de cada cual, hubo una casualidad, una irrenunciable oportunidad, un giro del destino. Allí estaba la culebra con el alimento en la boca después de aprovechar la suculenta coyuntura. Logró salir del charco y siguió reptando sigilosamente entre la vegetación, buscando siempre la sombra que oculta los pecados. ¡Cuan lenta resulta ser la digestión si la prisa acucia la vida!. 

Sobre un promontorio sintió saciada la necesidad de seguir huyendo. Allí estaba el comienzo, el lugar donde todo nació, donde su vida se originó. La escapada hacia atrás llegó a su fin. Un último episodio que por determinación del destino resultó ser el inicio de un mismo periplo vital. 

Y olvidó la sombra: no más prudencia, no más sigilo perpetuo, no más mentiras. Allí cazaría siendo culebra, viviría plenamente cuan larga era su silueta sin ocultarla entre ramas y juncos, orgullosa de lo que fue un día su grata existencia. ¡Qué flagrante puede llegar a ser el carácter impredecible del destino¡

Otro par de segundos, y en el siguiente la oscuridad que volvió para tragársela, sucumbir a ese otro mundo de grandilocuencia, de arrojo, de desparpajo, de recién estrenados arrestos.  La devoró su confianza, su descanso, su orgullo, su seguridad.    


El cernícalo necesitaba saber por qué. Aquella culebra tan escurridiza, aquel ser que en tantas ocasiones la había ridiculizado en su propia naturaleza, de pronto, decidía abandonar su hábitat, su rincón de fechorías. Las tardes mentidas, las noches sobre la rama escuchando el crujir de las ramas o el chapoteo de las víctimas al sucumbir. Tantos meses viviendo de los pequeños ratones que lograban escapar de las emboscadas del temible reptil, pasando hambre y soportando el escarnio propio y las burlas ajenas. Tomó la determinación de seguirla allá donde fuera. Él también dejaría atrás su pasado, aparcaría su presente y posiblemente hasta hipotecaría su futuro. No era cuestión de instinto, de apetito, de voracidad; no, aquello era una necesidad para con su orgullo.
Y voló sobre charcos y llanuras anegadas, posándose en aquella rama para observar las huellas en el discurrir de la despiadada culebra, volando tan alto como pudiera para no levantar la más mínima sospecha. Al fin llegó la oportunidad como pago a tanta paciencia derrochada.
Pesada por la digestión exagerada, extenuada por el esfuerzo de tener que vadear aquel gran charco y sobre todo, confiada en aquel arrebato insospechado de indiscreción; por primera vez la veía bajo los rayos del sol. ¿Por qué inusitadamente dejó de ocultarse en la sombra y se mostró altiva sobre aquel promontorio? En sus ojos adivinó la felicidad por el deber cumplido, por el sueño realizado, la tranquilidad para con el devenir de los acontecimientos. El cernícalo se precipitó en picado y de manera fulminante la apresó, matándola en el acto. Por fin viviría tranquilo, había recuperado el orgullo que tantas veces debió restregar por el suelo en sus tantos fracasos para con aquel pernicioso reptil. 

La felicidad es un inquilino inhumano pues alquila viviendas que rara vez llegan a ser hogares. Va de prados a charcos, de aves a reptiles, de humanos a otros y de éstos a nadie.


Un cuento. (Admito sugerencias para un posible título).

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