Días que se convirtieron en semanas, más de dos, tal vez fueron tres. Un mar en calma sin el más mínimo atisbo de viento ni de tierra. El sextante y las especulaciones, pues no se sabía cómo pero los mapas habían desaparecido del cuarto de derrota, hacían pensar que el barco navegaba por las aguas muertas del mar Caribe. Aguas infestadas de tiburones de todo tipo: tiburones martillo, tiburones tigre, tintoreras … y con una temperatura bastante agradable hacían presagiar que las calmas, las condiciones meteorológicas acercaban a nuestros intrépidos aventureros a algún lugar del inmenso manto azul que se extiende desde la península de Florida hasta el cercano continente de América del Sur. La esperanza que mantenían los tripulantes y por ende el capitán Folter consistía en ser capaces de avistar tierra pronto y arribar a alguna de las islas que plagaban aquella zona del mapa mundi. No habían provisiones ni agua para afrontar muchos más días de calor achicharrante y desesperanza, buscando la poca sombra que ofrecían las toldillas de popa y alguno de los apaños que se fabricaron en los primeros días, cuando aún las fuerzas estaban intactas. Los camarotes eran improvisados hornos donde no había quien siquiera se asomase sin querer arriesgarse a morir por el vapor que de allí emanaba. Las horas pasaban lentas, se hicieron casi eternas y nuestro Peraza languidecía entre la mucha sed y el recuerdo de la muerte de Aceysele.
Amaneció nublado, el cielo encapotado y amenazando lluvia. No se hicieron esperar las primeras gotas que cayeron en la nariz del capitán arrancándole una sonrisa y provocando sus gritos.
- Largad velas, recoged la cubierta se aproxima tormenta, cada uno a su puesto.- la sonrisa bravucona y los aspavientos con sus brazos daban una idea del desespero con que nuestro enflaquecido Folter afrontaba aquel buen augurio.
Y Peraza que pensaba en las palabras de Folter y retumbaban en su cabeza la suave voz de su difunta enamorada. Cada uno a su puesto, cada uno a su puesto, cada … Repetía una y otra vez la frase y una congoja infinita atenazaba sus debilitados músculos y le imposibilitaba para afrontar alguna de las tareas a las que le conminó su capitán. Los pensamientos rondaban la bella figura de Aceysele, su piel, sus besos, sus caricias y no lograba desencallar de ese arrecife en que se hundió su vida. Y ahora Folter la incluía en la tripulación, la recordaba sin quererlo como uno más y se la imaginaba entre las jarcias, librando algún cabo de su presa en las enormes cornamusas o dirigiendo una mirada cómplice con aquellos ojos de profunda candidez. El primer soplo de viento, de un gélido viento del norte, le puso el vello de punta y despabiló su modorra. Saltó como un gato a la escala del mástil y sacando fuerzas de flaqueza en un periquete estaba desplegando la última vela del palo mayor. Una a una liberó las amarras del primer paño, descendió al segundo paño y un inoportuno resbalón casi le hace caer, no era su momento. 'Solo la mitad del paño' , a gritos había ordenado Folter casi reventando el tímpano a Peraza. Luego de las velas emprendió una cansina labor de acondicionamiento de la cubierta donde habían desperdigados útiles por doquier. Barriles tumbados uno frente a otro con algún paño de vela roto improvisando una sombra con el tamaño justo de una persona. En general aquel barco parecía un navío fantasma y le costó unas horas recolocar cada cosa ubicándola de forma segura pues cualquiera de aquellos tarecos podía resultar mortal si el barco debía hacer frente a una tormenta como parecía iba a ocurrir. Las nubes en el cielo dejaron de ser islotes para convertirse en continentes y luego completaron la totalidad de un escenario terrorífico donde los rayos bajaban hasta la misma superficie del agua y alumbraban la oscuridad que lo cubría todo. El barco respondió rápido al empuje de aquel viento y el capitán puso rumbo al horizonte previendo un cambio de rumbo total y queriendo alejarse de los traicioneros arrecifes que abundaban en la costa de lo que pensaba fuera ese Mar Caribe. Demasiado gélido el viento y más parecía viento del Norte pero los chivatos indicaban que veía al sotavento del barco, algo no iba bien en todas las elucubraciones y cálculos de Folter y él se había dado cuenta con el giro radical en las condiciones climatológicas. Una enorme tormenta acariciaba tímidamente la popa y Folter empujaba con sus pies firmemente colocados atrancando la rueda del timón. Demasiado velamen para aquel temible temporal y rápido avisó a Peraza de la necesidad de arriar algo de paño o de lo contrario se quedarían sin velas y por tanto sin gobierno. Un esfuerzo titánico que lo dejó completamente extenuado pero que con mil dificultades logró realizar en un tiempo record. El navío enfilaba las crecientes olas con presteza, era un barco muy fiable y extremadamente valiente. Folter siempre estuvo orgulloso de su barco y nadie como él conocía mejor de sus posibilidades y podía sacarle mayor rendimiento en condiciones como aquellas en que la mar reclamaba lobos de mar que no se arredrasen por los aullidos del viento en las jarcias o los golpes de mar en cubierta.
Uno a uno cayeron numerosos chaparrones, alumbrados por fantásticos rayos y envueltos en los sonidos de aquel mar que rugía entre el viento y la fuerza de las olas contra el casco. Peraza rompió la tapa de algunos barriles de ron y enjuagándolos un poco con esa agua de lluvia los acondicionó para contener el máximo volumen de líquido posible. Uno de aquellos barriles no resistió el oleaje y rodó por cubierta hasta romperse en mil pedazos cuando se estrelló con la tapa de regala de una de las bandas. Y Folter nuestro flacucho lobo de mar que se pasaba la mano por la frente y los ojos para lograr fijar la vista en la proa del barco y guiarnos lejos de aquella abominable tormenta. Parecieron días de vibrante navegación pero no fueron ni unos cuantos pares de horas. Desfallecidos aparecían los cuerpos de nuestros héroes en la cubierta cuando al fin se hizo la calma y el sol asomó en su ocaso a la proa del navío. La sorpresa tardó unos minutos en consumarse. Tan cansados estaban los tripulantes que no cayeron en la cuenta de observar detenidamente el horizonte en el que unos fantásticos acantilados cortaban el rumbo de manera brusca. Fue la deposición de una gaviota en la frente de Folter la que obró el milagro porque solo una escasa milla separaba la proa del barco de una enorme ensenada protegida por aquel monumental risco de piedra tallada por la mano de Dios. Lanzando pronto el ancla al fondo, recogiendo cabo lograron sujetar el discurrir del navío cuando el hierro hizo firme en el fondo y quedaron bien fondeados. Folter oteó el horizonte y logró vislumbrar un penacho de humo justo en la misma orilla de la ensenada, en la mismísima playa que abarcaba toda la cala. No había embarcación a la vista y extrañaba la presencia de personas porque tampoco se avistaba ningún puerto, embarcadero o lo que pudiera servir de atraque para algún barco. Desde ese mismo momento los augurios ya fueron los peores imaginables y resultarían ser mucho mejores que la asombrosa realidad.
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