Esta historia comienza como otras muchas, describiendo el lugar de nacimiento de ese personaje que nos protagoniza el intento narrativo.
El marco de un cuadro en la pared de una antigua casona nos puede servir de pretexto para profundizar en el lugar de nacimiento del joven Peraza. Una casa de estilo barroco con parterres de claveles y rosas en el amplio y frondoso jardín y en el centro una impresionante fuente en la que un desnudo infante orinaba esa agua verdosa fruto del descuido empozado. Rodeando el verdor de las plantas y el alfombrado de un encalvado césped, aquellas preciosas columnatas dispuestas todas regularmente. La armonía en las formas y la cuidada elaboración chocaban con el disimulado deterioro. Dinteles con demasiadas holladuras, mármoles emplastados en gruesas capas de negra humedad y suelos de piedra abandonados al desamparo de puercos visitantes y de sus polvorientos calzados. No había asomo de esplendor en una magnífica obra de arquitectura pues la pobreza suele ser enemiga del conservadurismo, como lo es de la impostada elegancia. De la misma manera que el vil metal, que todo lo compra, había abandonado el hospedaje en aquella fantástica morada, la decencia y el decoro huyeron lejos sin decir adiós. Por doquiera asomaban faldas y corsés cuando no, se sucedían escenas impúdicas en los balcones por los que asomaban pechos, piernas y demás encantos y deleites de aquellas tantas ninfas desterradas del paraíso. Vozarrones de hombres barbudos luchando por acallar los gemidos y gestos de dolor se entremezclaban con los improperios del que se marchaba urgente sin abonar el donativo por el servicio recibido. Una casa de lenocinio, un jardín de las Hespérides en medio del algún océano o un simple antro de placer, lujuria y diversión. En este ambiente y sin quererlo nadie nació nuestro Peraza.
A los guturales sonidos que asomaron en la gruesa garganta de su madre les persiguieron ávidos aquellos jaspeados llantos cargados de indefensión. Más que alumbrado, el bebé Peraza fue expulsado del único paraíso que conoció en vida. A partir de este infame momento tuvo que luchar por cada injerencia de la providencia en su destino. Cada golpe de suerte fue malo y motivo, por tanto, de hercúlea lucha en pos de trocar el infortunio en esperanzador augurio de mejora.
Con el inexorable paso del tiempo y con mucho trabajo el joven Peraza cumplió años como las flores pierden sus pétalos, por azar de la naturaleza y designio divino. No hubieron cumpleaños celebrados más allá de la cariñosa colleja de alguno de aquellos huéspedes que contento por el cubo de agua recién traída con premura resultaba el alivio para las tantas jornadas de polvo del camino y acalorados trajines en incómodas monturas, regalaba aquella caricia. Una moneda que caía del maltrecho bolsillo y se colaba por ese conocido intersticio en los mullidos sillones del salón de espera. El rapaz caminaba presuroso entre estancias atestadas de gentes de todo tipo y condición, sorteando piernas, botas y algún que otro pescozón del taimado mayordomo calvo. Aquel era su bosque y lo conocía palmo a palmo, nunca tropezó en ninguna rama ni cayó en ninguna de las cuantiosas trampas que supusieron las mentiras y los engaños en pos de conseguir castigar aún más su mortificada existencia. Su alimento resultó generoso sólo en las suaves manos de aquellas pléyades con las que compartía el dolor del destierro en un mundo que no era el suyo. Entre ellas creció la bondad y el buen hacer para con los semejantes. Leía sus libros a escondidas de aquel malvado vigilante, ese mismo personaje que los perseguía azuzando sus ánimos y amenazándoles las vidas. El tiempo era dinero y la distracción un placer para otro negocio ajeno a las lágrimas y quebrantos de aquel panorama desolador. Mujeres con escasos años para serlo veían manchadas sus sábanas un día para acrecentar aún más los arcones de aquel pánfilo y su obesa reina. La colmena funcionaba espoleada en sus cuerpos por los latigazos de aquel despótico zángano que aguijoneaba aquí y allá su colérica rabia en cada reprobación. Disculpas nunca faltaron para las dolorosas demostraciones de poder y sus maledicencias miles. Y así pasaron algunos otoños más mientras los primeros pelillos crecían en la postrera barba de nuestro Peraza. El aire del mar y el brillo del sol lograron atemperar el color y la tersura en la piel de nuestro joven amigo. Su cuerpo progresaba en la definición de unas líneas hercúleas que despertaban miradas entre sus fieles compañeras, miradas llenas de esa lujuria que aún no entendían sus tiernas entendederas. Las escapadas en busca de la soledad y de su, por entonces, amiga ‘aventura’. Aventura que siempre imaginaba lejos, muy lejos en aquel mar. No andaban tan lejanas sus metas ni tan cercanos sus miedos.
Abundaron por aquel entonces tus sonados romances con alguna de las nuevas ninfas que residían en aquella mansión de lujuria y placer. Entrenado como el Adonis entre las Diosas de la belleza y el erotismo pudiste aprender todas las habilidades del noble arte amatorio y esto te convirtió en objeto de deseo y envidia por igual. Ahora tus andares se acostumbraron a las botas de puntera y los pasos largos y tu cabeza al ancho sombrero de la época. Tus labores en la casa se hicieron cada vez más esporádicas pues la autoridad del mayordomo resbala en tu persona como el sudor en su frente, perlada siempre así fuera invierno o verano.
Cierto día de febrero arribó a puerto un viejo bergantín. Una pareja de alocados y seniles marineros trepaban por la jarcia muerta de aquel velero. Mientras, desde la popa del barco y aferrado al timón un gigantón sin pelo y con un enorme mostacho, vociferaba dando órdenes con ostentosos aspavientos.
- Trincad la botavara de la mayor arriad velas, malditos gandules. – retumbaban aquellos gritos a cada gesto que hacía indicando las maniobras.
Peraza caminó desde la cantina hasta la playa y se sentó en la arena. Su piedra y aquella vista de la imponente puesta de sol, le relajaban el inquieto espíritu y le trasportaban lejos. Aquella tarde reparó por primera vez en el velamen de un pequeño velero que surcaba el horizonte. Con la mirada cubierta por su mano derecha extendida sobre su frente perseguía el rumbo de aquella embarcación imaginando la actividad a bordo. Su prodigiosa mente le mantuvo cercano, durante horas, a los cabos y las miradas de los marineros que le invitaban a tragos de ron y coreaban su nombre mientras subía hasta lo más alto del palo mayor. Una fuerza extraña para él hasta ese momento le hizo levantarse y espolear su caballo en busca del puerto de arriba de aquel barco. Cabalgó durante horas que le parecieron días, tal vez meses. Tanta fue su impaciencia que olvidó su pasado y sus obligaciones para con él. Cabalgó y caminó a ratos, para descansar su trasero y las cansadas patas de su caballo. Y con la noche cerniéndose sobre unas chabolas que adornaban el pequeño puerto, se acercó a la borda y semioculto por las sombras de los altos mástiles vio el ajetreo de unos cuantos marineros que martillaban aquí y allá. De repente, un impulso como el que le había llevado hasta aquel puerto se adueño de él y le hizo enfilar la pasarela y pisar la cubierta. Por primera vez en su vida sintió que estaba donde quería. Una agradable sensación de bienestar invadió su cuerpo y con paso firme se encaminó hacia la gruesa figura de un calvo sexagenario que ocupaba una gran butaca pegada a la rueda del timón. El sombrero sobre el pecho y las manos cruzadas sobre aquella enorme y desnuda barriga. Una botella de ron semivacía y los sonoros ronquidos acompasaban los movimientos de su panza mientras un perro pulgoso dormía sobre las desgastadas botas de piel.
- Perdón señor- con una voz casi inaudible y llena de miedo. Y sin respuesta llegó el segundo intento.
- Perdón señor – esta vez añadió un empujón con su mano en el hombro sudoroso de aquel gigante calvo mientras su voz ya sonaba más decidida.
Con unos estertores y repentinos abrió los ojos y despabiló su osamenta. Sus ojos mirando los del capitán que inyectados en sangre, el consumo de ron se evidenciaba en esto y en su aliento de moribundo, le desafiaban.
- ¿Qué quieres?, ¿por qué me molestas chico? – cuán vacía y profunda sonaba aquella voz. No había asomo de interés o intención en lo que hablaba, en ninguna de sus palabras.
- Pues … ehh. ¿Necesita usted un marinero a bordo? Sé cocinar. – no se le ocurrió otra cosa que decir ni su tono aventuró ninguna seguridad.
Este fue el diálogo que dio un giro inesperado a la vida de Peraza. Unos meses después estaba en alta mar, adivinando día tras día, a qué se dedicaba aquel velero. Era un barco viejo, cubierto por el deterioro que le perseguía desde que aún mamaba leche en los pechos de su madre. Eso sí, era rápido o eso repetía una y otra vez el capitán Folter. Así se llamaba el enorme calvo que vivía en la butaca junto a la rueda del timón. Comía, bebía y gritaba desde aquel bastión de mando dentro de la nave. El resto de la tripulación lo conformaban dos gemelos pelirrojos de la misma estatura y las parecido mal genio. Y un saco de pulgas, nuestro último tripulante, Dufi, un chucho listo como el hambre que le aguzaba el instinto. Arduos días fregando la cubierta, baldeando las maderas para que el sol y el calor no las cuartearan. El capitán le había enrolado gracias a sus conocimientos de cocina que eran pocos y mal adquiridos. Su imaginación, esa a la que tantas veces hemos hecho referencia fue la única ayuda para convertir los pocos ingredientes en digeribles comidas. Nadie se quejó porque el hambre, que era mucha, sosegaba los reparos del paladar. Muy de mañana, echaba un cordel al agua y con algo de suerte lograba pescar uno o dos peces. Transcurrieron algunas semanas más hasta que arribaron a otro puerto, tan pequeño como el anterior. Esta vez las casas tenían un estilo un poco más cuidado y aunque se podían contar con los dedos de la mano los habitantes de aquellas, se adivinaban procederes más prósperos.
- Sacad las cajas negras de la bodega, atajo de rufianes. – vociferó el capitán Folter, mientras por primera vez levantaba su pesado trasero de aquella mugrienta butaca.
Se alejó del barco caminando lentamente, cojeando de la pierna derecha pero con rumbo fijo hacia la mayor de las casetas que rodeaban la entrada al muelle. No rezaban carteles, ni advertencias ni ningún tipo de seña sobre el nombre o naturaleza de aquel lugar. Los pueblerinos hablaban una lengua extraña que nuestro silencioso capitán acertaba a entender y balbucear. Entró en la estancia albergada en aquella construcción y tardó unas horas en salir con la mano en el hombro de un bigotudo y flacucho cogénere. El famélico individuo apareció luego con una maltrecha carreta tirada por dos mulos y nuestro mandamás ordenó que cargásemos aquellas cajas negras en semejante vehículo. Un par de días y no oí más que el cacarear de un gallo que despertaba al pueblo entero con su espeluznante canto. Silencio y calma. Nos hicimos a la mar el tecer día luego de avituallar el barco con agua, ron y unas latas de sardinas jareadas. Parco en palabras como siempre, nuestro capitán ordenó soltar velas y con el poquísimo viento que soplaba se hincharon y comenzamos lentamente nuestra nueva singladura.
Se mostró animoso, servicial y decidido a ganarse el derecho a ser considerado un eficiente grumete. Subía por el velamen a coser algún desgarro, baldeaba la cubierta y recogía en arreboladas figuras los cabos disponiendo ordenadamente el material. Nunca había visto aquel bergantín sus partes tan cuidadas y atendidas. El capitán Folter le trataba con algo más de mano izquierda si se pueden llamar manos a lo que colgaba de aquellos troncos resecos que tenía por brazos. Algún defecto congénito le había atacado las extremidades y parecían quemadas y deformadas. Las manos que siempre asían la botella o se cruzaban en el pecho daban miedo y una de las piernas casi no tenía forma de tal. Sin embargo y a pesar de los malos modos que siempre usaba, apreciaba la parsimonia en los modos de aquel grumete con vocación y atendía sus preguntas con cada vez, mayor placer. Las tardes fueron más amenas y en el castillete de popa, frente a la butaca del timonel, donde regía Folter, las tertulias del capitán su grumete y aquel perro sin carne se hicieron postre de cada almuerzo y merienda antes del anochecer. La quinta semana de navegación desde que partieron del último puerto los sorprendió una tormenta, un galpón de agua y viento que anegó casi por completo la bañera en la que se convirtió la cubierta del ‘Serpiente negra’. Así se llamaba aquel bergantín que pareció zozobrar en más de una ocasión cuando las enormes olas partían sus formas en su enhiesta proa.
- Tranquilo muchachos, he navegado con peores tiempos y nunca, el Serpiente del Mar viró sus palos. – el tono seco y profundo tranquilizaba pero el agua en los ojos no dejaba ver atisbos de esperanza.
No duró más de dos días aquel asqueroso mal tiempo pero bastó para desarbolar el aparejo de la nave y quedar al pairo. Los peores momentos estaban por venir. Poca agua, aunque parezca increíble, la que quedaba en los toneles dos semanas después del temporal. Y ahora los peces no picaban el anzuelo que se fabricaba Peraza con su navaja y el latón del envase en el que venían las sardinas jareadas.
- Dios que sed y ni siquiera tenemos un peje que llevarnos a la boca. Maldita calma y maldito sol. – la impaciencia y el hambre se alumbraban una al otro para hacer sentir, a aquellos dos escoceses, más enfadados con el mundo que los albergaba.
Fueron las únicas palabras que oyó de sus labios desde que los conoció y supo que posiblemente no habría muchas más. Se mantenían juntos todo el tiempo. Jugando a extraños juegos que tenían siempre en los bolsillos de sus raídos pantalones de medio cuerpo. Y de sus pechos pendían sendas cruces de oro cual medallas al mérito que hubieran obtenido en alguna lejana guerra. Cruzaban la cubierta como fantasmas, buscando la sombra e intercambiando miradas a babor y estribor como si alguien pudiera encontrarlos y tuvieran que darse a la fuga. Parecían dos locos que necesitaban la paz y la tranquilidad del inmenso océano para calmar su demencia. No cayó ni gota. Las nubes no volvieron a asomar por aquel límpido cielo y el mar se asemejaba con un gigantesco plato de aceite. Tendidos a todo lo largo y ancho de la cubierta buscando el amparo de la sombra del maltrecho velamen que permanecía extendido y fláccido. Si soplase un poco de aire se escaparía por los enormes agujeros pero al menos proporcionaba esperanza y sombra. El capitán no abrió la boca, parecía hibernar como los osos y sus ronquidos acompasaban los chirridos del timón que giraba de vez en cuando buscando espantar la monotonía. Dufi dormía debajo del butacón de Folter y se lamía las patas como el que busca agua en algún espejismo. Pasó un grupo de delfines, resoplando y enseñando sus perfiladas aletas y ese fue el único atisbo de actividad en la amodorrada tripulación, cuando todos se asomaron a la borda para disfrutar con aquellos inteligentes mamíferos. Comenzaban a aparecer las palmeras y aquellos inmensos oasis, con sus camellos y toda la arena del mundo. Las mentes resecas y abandonadas a cualquier delirante capricho mostraban su frenética actividad y de pronto, una gaviota. Dufi, el menos perjudicado de la tripulación, comenzó a ladrar persiguiendo la estela del pájaro y el capitán saltó de su trono balbuceando tantas órdenes en un segundo que ni él mismo supo entenderlas. Más motivados por la renovada esperanza de un salvador destino, todos y cada uno pusieron ganas en las tareas encaminadas a lograr que aquel navío pusiera proa al lejano vuelo de aquella bienaventurada ave. Remendar los enormes agujeros de las velas era casi imposible pero los anzuelos de Peraza fueron improvisadas agujas y finas tiras de los jirones de tela, los hilos. El resultado daba grima pero fue efectivo ya que los remendados trapos lograron recoger el imperceptible soplo de viento y el ligero velero surcó despacio el calmado mar. Fueron dos días de suplicio, tragando saliva y mirando con denuedo las cuatro gotas que orinaban como si de un néctar divino se tratase. Dos días arrullando sueños llenos de barriles de agua y frutas de todos los sabores y de llamativos colores, cocoteros enormes con peludos cocos, jugosos bistec de roja carne y pescados, muchos peces de sabrosa carne. Llegaron a puerto entre risas y algarabía. Los escoceses saltaron por la borda y a nado, con un frenético braceo, llegaron los primeros a la orilla donde una docena de negros miraban absortos cada gesto de los extraños forasteros. El puerto no era tal, salvo por la ordenada hilera de fardos que habían dispuestos en fila alrededor de un simulado embarcadero y la ingente cantidad de arcaicas embarcaciones hechas de troncos de palmera. Aquel puerto era otro destino de nuestro avezado capitán y eso se notaba en su confiado gesto, enarcando las cejas y vociferando improperios hacia la muchedumbre que se congregó en la orilla. Toda la fortuna que sobraba a nuestro obeso mandamás era la que faltaba al desdichado Peraza y sus estados de ánimo lo evidenciaban. Los fardos muy pronto yacieron en la bodega del ‘Serpiente Negra’ y de ella, se echaron en falta una docena de aquellas cajas negras. Peraza no entendía aún aquellos tejemanejes del capitán y pronto tuvo que vivir el desvelo de semejante secreto en sus propias carnes por la excesiva confianza de que hizo gala en esta ocasión aquel gordinflón lobo de mar.
Fue una noche en la que, mientras Folter dormía su recién estrenada borrachera y los escoceses estaban de parranda con las nativas en tierra, una patrulla de pequeños y silenciosos oriundos treparon por el cabo de fondeo. Sigilosamente se distribuyeron por la cubierta y si no les hubieran delatado los ladridos de Dufi habrían desvalijado el navío sin que nadie se diera cuenta. Peraza, desdichado él, despertó de un amodorramiento que le mantenía en una ligera duermevela y descubrió la silueta de un asaltante que se mantenía pretendidamente oculto y presto para noquear al capitán. Con pasos de gato, descalzo y de puntillas se dirigió por la borda hasta colocarse detrás del despistado negrito. Aporreó su cabeza pero un fino quejido delató su acción y dos fornidos compañeros del atolondrado ladrón, lo redujeron y apresaron. Despertó en la oscuridad de lo que parecía una vieja choza y por algunos agujeros podía ver los rayos del sol. Atado de pies y de manos asomó la cabeza por uno de aquellos agujeros y vio la frenética actividad de aquellas oscuras hormiguitas que acarreaban fardos y las famosas cajas negras adentro de la verde espesura flanqueada por la hilera de cocoteros. La choza que lo cobijaba formaba parte un conjunto de unas cinco, hechas de hoja de palmera trenzada y cuerdas del mismo material. Ni rastro del resto de marineros salvo que al capitán le mantenían atado, bajo el justiciero sol, a una larga palmera cocotero. Sudaba y en aquella lengua que le era conocida, vociferaba lo que parecían lastimeras súplicas pero nadie oía. Los negros caminaban en fila cargados todos hacia el mismo destino, uno tras otro y ninguno hacía caso de los lamentos del capitán. La tarde comenzaba a dejarse vencer por las sombras nocturnas cuando apareció un comité de parlamentarios que se dirigieron a Folter hablando en otra lengua o dialecto o Dios sabe qué. El desgraciado capitán no entendía nada de lo que decían y se sacudía las palabras como el que mata moscas. Presos los mantuvieron días y semanas y no se adivinaba desenlace para aquel infortunio. Tenemos que notar que luego de los dos primeros días de cautiverio, hizo presencia en la choza de Peraza una preciosa nativa semidesnuda de piel de caoba que ofreció de beber en un elaborado cascarón de coco mientras fijaba sus brillantes ojos en los de nuestro Adonis humano. Desde ese día no faltó a la cita y regalaba masajes y caricias en los brazos, pecho y cabeza del sorprendido preso. El galanteo, tan familiar para nuestro Peraza le salvó de un negro futuro no sin tener que sufrir muchos días más múltiples y crueles castigos. Los latigazos, la escasa comida y aquellos chirriantes graznidos que emitían cada noche danzando alrededor del fuego tensaron la moral de nuestro protagonista hasta colocarlo a un paso del profundo abismo de la locura.
1 comentario:
hola; se que no es el mejor sitio pero bueno por lo menos sabes que visite tu blog, quiero que sepas que me alegro de haberte conocido,no se esactamente que te paso pero si algun dia quieres hablar a qui tienes una amiga y si no te deseo todo lo mejor
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