Miraste el color de esas fresas recién recolectadas de tu pequeño huerto. Miraste el ocre color de la tierra alrededor de tus botas de agua. Oíamos el silbido de algún vecino agricultor ensimismado en el traqueteo de su motocultor. En las huellas de tus pies impresas en el barro buscabas detalles reveladores de antiguas cruzadas. Los libros te mantuvieron mucho tiempo abstraído del mundo o tal vez paralelo a él. Me consolaste con alguna olvidada cita de desteñidas letras bajo apergaminadas hojas amarillentas, en esos libros que siempre se mantenían lejos de mi alcance. Añoramos juntos estar un poco más lejos de nuestra vida, empuñando espadas y repartiendo mandobles por doquier. Damas, vagabundos, señoritas de graciosos corsés, todo cabía en nuestras largas tardes de desbordada imaginación. Cada uno de aquellos gordos y viejos libros nos transportaba uno poco más lejos, hacia un lugar cada vez menos conocido. Dorsett, Kabul, Dublín y sus calles empedradas, algún barrio marginal del más recóndito y desconocido país. Me abrumabas con esa capacidad tuya para imaginar de aquella vívida manera que me hacía esquivar por momentos las balas que con onomatopeyas pasaban cerca de mis orejas. Fuiste siempre espía de uno u otro servicio de inteligencia. Para su majestad la reina de Inglaterra fuiste un 00, al servicio de
Un 14 de febrero, día de los enamorados, viniste a buscarme con prisas. Me metiste con apuros en tu gran BMW negro. Al parecer nos esperaba un vuelo a
Con más ánimo la broma dejó de hacerme reír al meternos de bruces en los ajados sillones de aquel Tupolev ruso de Cubana de aviación. ¿Pero de que iba todo aquello?. No podía permitir ni un segundo más continuar con aquella película. Quería saber que era todo aquello y no iba a dar más tiempo de espera, se acabó la comprensión.
Me dolía la cabeza y también me sentía mareado. Miré a mi alrededor y me encontré de nuevo con el desgastado azul de aquellos sillones.
- ¿Pero se puede saber en que jodida locura me has metido? – pregunté con un gesto lleno de desagrado y con mis ojos sosteniendo su mirada.
Nada, no hubo respuesta y eso me puso aún más tenso. Pedí a la azafata ir al servicio y me encontré con un cuartito de metro y medio por metro y medio en el que al cerrar la puerta casi no cabía unos zapatos de la talla 42. ¡Qué pesadilla! Lejos de mi casa, de mi familia, de mi perro. Lejos de mi vida.
Con un golpe magnífico, las ruedas de aquel enorme pájaro de hierro, recordé las palabras de los indios americanos que en su momento también vivieron guerras extrañas y fueron sacados de sus territorios, descansaron sobre la pista de aterrizaje. En pocos minutos estábamos saliendo por la puerta. El camino de hormiguitas en que se convirtió la fila de pasajeros discurrió con paso lento hasta la terminal de llegadas. No teníamos maleta así que seguí sus largos y rápidos pasos hacia el sol del exterior. Un calor asfixiante me hacía sudar a chorros y aquel maldito sol que no me permitía abrir los ojos completamente me provocaba dolor de cabeza. Una fila de viejos coches, con herrumbrosos letreros donde rezaba la palabra TAXI, nos llevó hasta aquel viejo Dodge. Subimos y él le dijo que nos llevara al Malecón. Lo de apurar a un coche con los años de aquel era como pedirle a un burro viejo que saltase una valla de medio metro, imposible acelerar más sus pacientes modos. El lento traqueteo nos mantuvo apaciguados hasta que él insultó un par de veces al calmoso conductor. Aquel negro cubano medía los dos metros casi seguro, mejor no bromear me dije mirando sus enormes manos. Silbando viejos boleros y traqueteando, con los dientes y la manos, la percusión de cada una de sus melodías el hombre orquesta aparcó cerca de un árbol de tronco grueso y sin una sola hoja. Pagó la carrera y se dirigió a mí por primera vez desde que salimos de Madrid.
- Tu mujer se ha marchado con tu hijo y su amante. Estamos en Cuba porque tu hermano me pidió ayuda y tú ya no tienes nada que hacer sólo en ninguna parte. ¿Entiendes ahora?- su tono era sincero, calmado y lleno de verdad. ¡Cuánto me dolió! porque parecía que fuera mi mente la que me lo decía.
Sus palabras martilleaban mi frente, lograban inflamar las venas de mi cabeza. Sentía los latidos de mi corazón y como empujaban cada gota de sangre y rellenaban huecos en mi cerebro. Mis neuronas poco a poco despertaron y me hice partícipe de la nueva realidad.
- Y tú, ¿cómo sabes eso?. – pregunté con claridad mientras mi cara reflejaba el desespero de una conocida respuesta.
Porque la he visto salir de tu casa mientras estabas de turno de noche en la fábrica. Porque he visto como la dejaban en la puerta poco antes de que llegases del trabajo. Porque tu hijo se queda en casa de la vecina y llora cada día cuando llega la hora en que su madre se prepara para irse. Porque el único que no ha visto eso eres tú. De repente se arregla el pelo cada dos días y adelgaza unos seis kilos. Viste ropas nuevas que sé que tú no puedes comprar y pasa por al lado de cualquiera dejando un aroma a engaño que apesta. No has querido verlo y puedo entenderte. Has venido a mí en busca de tranquilidad, de cuentos, de mentiras que lograsen sacarte de tu desdicha diaria. Ahora debemos hacer algo por ti y tú algo por alguien. Tu hermano necesita nuestra ayuda y tú necesitas una vida, una nueva vida. Ese fue en resumen la media hora de discursito admonitorio y sumamente cierto de aquel extraño con el que viajaba.
Un sueño fue lo que alcancé recibir. Un sueño reparador. Un sueño que borró por unos minutos aquella pesadilla en que había convertido mi vida. Dormí plácidamente a excepción de algún sobresalto en forma de enorme mosquito pero aquel calor sofocante y el sudor que cubría cada poro de mi cuerpo terminaron por despertarme. Y allí estaba él, sentado a los pies de mi cama limpiando una pistola. ¡Dios mío!. Desmontaba cada pieza y la volvía a colocar en su sitio con auténtica destreza luego de engrasarla. Ahora los cuentos de cada tarde en la huerta se estaban tornando en la más cruda realidad. Aquel hombre que creía conocer era un auténtica extraño que jugaba con un arma en sus manos, un arma de fuego de las que matan a personas.
-¿Qué haces?, ¿Qué significa todo esto?, ¿cómo estoy aquí si me quise rebelar en el avión y de pronto estaba en Cuba?, ¿quién eres? – mi mente bullía llena de ideas, de preguntas que hacer y respuestas que recibir, mi tono ansioso me resultaba lastimero.
-Jaja – reía mientras continuaba lento y preciso en su tarea. No sabes nada pero cuando tengas este arma en tus manos las pesadillas de tus tardes se convertirán en auténticas aventuras por miles de lugares. No eres lo que crees o lo que han fingido que seas todo este tiempo.
Con cada palabra suya mi manos temblaban cada vez menos. Una oculta seguridad comenzaba a brotar de mi yo más profundo y mis ojos no paraban de mirar el cansino proceso que él acometía con la pistola. La mayor sorpresa ocurrió cuando en mis manos, aquel objeto me hizo sentir más cómodo, cuando el repiqueteo de la sangre en mis sienes y el martilleo de los latidos del corazón en mis oídos desapareció. Mis manos acariciaban el engrasado metal y el gatillo se mostraba como un orificio de salida para cada uno de mis miedos. Me sentía tranquilo y no sabía porque. Algo en todo aquello me resultaba familiar y de repente lentos fogonazos surgieron en mi cabeza. Desorientado buscaba claridad y aire fresco para desatascar mi mente de todo aquello que amenazaba con romper el orden establecido hasta entonces. En cada nueva imagen veía lugares y siempre muchísimo sangre. Personas heridas que me pedían clemencia, dianas en las cabezas de diversos y variopintos personajes. Chaquetas antibalas, munición, policías y gentío gritando. ¿Qué era todo aquello? Nos fuimos a desayunar y el aire húmedo y pegajoso de la calle despistó mi pensamiento amodorrado ahora por ese maldito calor.
-La pregunta correcta es, ¿quién eres tú?. – repentinamente ese fue el primer e impactante comentario que me hizo.
Nada más llegar al bar pedimos unos cafés y un par de sándwiches. Nos sentamos a la mesa y nos propusimos silencio hasta ocurrir esta clara alusión personal.No sabía que decir, no sabía adonde mirar. Los otros clientes del bar estaban ensimismados en sus risas y en sus jarras llenas de cerveza. Era difícil acertar a ver las consumiciones de líquido amarillo en otro estado que no fueran llenas o vacías. El calor reinante procuraba razones diversas para beber y beber rápido, los que allí estaban lo sabían o fingían muy bien No podía refugiarme en algún comportamiento extraño porque yo mismo me sentía extranjero en mi vida. ¿Cómo podía saber manejar un arma de fuego?, ¿Cómo diablos podía estarme ocurriendo aquella metamorfosis?
Una semana después las dudas se fueron disipando pues lograba mantenerme despierto hasta altas horas de la madrugada, mostraba un conocimiento de las costumbres humanas hasta ahora desconocido para mi mismo. Llevábamos ocho días en Cuba y nos conocíamos cada antro, cada callejón de la antiquísima Habana. Anduvimos en aquellos días, kilómetros y kilómetros. Con paso firme y desentendidos de las miradas ajenas recorríamos los recovecos con la única disculpa de algunas desenfocadas fotografías que tomábamos con una cámara barata que regateamos en el mercado negro. Un sucio negro nos vendió aquella antigua polaroid, llena de manchas y desgastada de las múltiples personas que la manipularon pero para nuestros objetivos poco interesantes y sin ningún requerimiento artístico era más que suficiente. Vivíamos entre el hotel y los bares, entre cubatas, coca-cola y mucha cerveza fría. Nos despertábamos temprano para husmear en los puestos ambulantes de aquella enorme plaza, recorriendo con la mirada cada cara y cada gesto extraño. Nos fuimos introduciendo poco a poco en el hampa de aquella vieja ciudad, removiendo los lodos de aquellos olvidados barros. Y lo más gracioso de todo era que yo seguía sin saber que buscábamos.
- Cuando lo veamos, sabremos qué es lo que buscamos –repetía una y otra vez con aquella voz firme y ausente de motivos.
No lograba entenderle pero tampoco hacía mucho esfuerzo. Pululábamos como aquellas moscas que tanto nos molestaban. De un lado para el otro en busca de algo que nos empujara lejos de la monotonía diaria. Yo logré consuelo a mi pena en los tragos y en una preciosa mulata que frecuentaba cada tarde una pequeña tasca muy cercana a nuestro hotel. Me atreví a intercambiar dos palabras luego de muchos días de silencios y miradas furtivas.
- !Buenas tardes¡ - con una voz casi inaudible que me hizo adentrarme en el más oscuro silencio.
Era callada y poco sociable porque sus modos así lo demostraban. Sentada en la misma butaca y en la misma zona de aquella barra alta y cubierta de muchas manos de pintura. Tamborileaba con sus uñas color turquesa en el maltratado granito de sobremesa. Musitaba alguna cancioncilla y fumaba un cigarrillo tras otro. El mojito con su hierbabuena, en su mitad y a sorbitos muy cortos y acompañados de un gesto de repugno el deleite de aquellas arrebatadoras miradas. Y su cara siempre mirando al frente donde la fotografía del Che adornaba la triste y despintada pared. Una delgada cintura y unas curvas sinuosas que abocaban al desenfreno y al placer de mirar. Horas y horas de plásticos gestos para mirar de reojo cada detalle de su persona. Y a eso de las siete de la tarde pagaba y salía por la puerta con un descarado contoneo que terminaba por enloquecer mi lívido. Y yo, yo miraba y miraba y luego devolvía mi cuerpo a la monotonía de un compañero que leía periódicos y engrasaba su arma.
Fue un jueves por la mañana, a eso de las diez cuando le pude ver tenso y algo nervioso por primera vez desde que le conocía. Miraba de reojo hacia nuestro lado cuando pasábamos por delante de una iglesia. La misma iglesia que asomaba sus campanas un poco más allá de la entrada a la plaza. Dimos la vuelta en un recorrido paralelo por la parte trasera de la plaza para colocarnos de frente al lugar en el que él había fijado su anterior mirada de soslayo. Un tipo bajito y rechoncho, con un bigote abundante luego de una fina nariz prominente. Sus gestos eran suaves y acompasados con un extraño ritmo cadente que acompañaba su enérgico tono de voz. Al parecer estaba llamando la atención a unos chicos que cabizbajos aceptaban la reprimenda palabra por palabra.
- Hemos encontrado lo que estábamos buscando. – admitió con severidad y con un flemático gesto de asentimiento mientras su cabeza se movía de arriba hacia abajo.
El caso es que en mi también se había provocado una reacción desconocida. De repente me mostraba en guardia, en alerta pero pareciese que el ritmo de mi corazón hubiera disminuido y mis sentidos agudizados por el sencillo acto de la vigilancia de aquel individuo. Era como la paz que precedía a la tempestad. Aquel lento discurrir de los acontecimientos me era familiar, estaba acostumbrado a oír lo que los demás decían y eso sí que lo sabía desde hacía tiempo. En muchas ocasione en la plaza del pueblo acerté a entender el motivo de muchas conversaciones que se producían relativamente lejos de mi. Intuía el enfado, el dolor, la valentía en otras personas cuando éstas afrontaban avatares de sus vidas Y ahora todo esto se estaba dando conjuntamente en un ambiente desconocido, nuevo para mi.
Seguimos al susodicho bigotudo por varias callejuelas hasta llegar a un hotel cercano a la parada de taxis en la que hacía días observamos a nuestro taxista conversar con un flacucho compañero. Entró en el hotel y pasaron unos cuarenta minutos antes de que saliese con un maletín negro y ataviado con un impecable traje de chaqueta y pantalón grises. Llamó un taxi con un apurado gesto de su mano y se apoltronó en aquellos viejos y mullidos asientos. Por ese día fue suficiente en nuestra labor de pesquisas. Y yo necesitaba un trago y alguna somera explicación, al menos.
Mi hermano, ocho meses mayor y asentado como gran empresario de la industria textil estaba metido en un sucio negocio de drogas. Mi mujer era simplemente un chivo expiatorio de sus furtivas maneras de distribuir la droga en la calle. ¿Cómo diablos, no me enteré yo de nada? Mi mujer era una ‘camello’ y me había sido infiel repetidas veces con un asalariado drogadicto que trabajaba para mi hermano hasta el punto de que se había ido de mi casa con mi hijo que resultaba tampoco ser hijo mío sino de mi hermano. Sangre de mi sangre pero mal colada por lo que alumbraba a ver tarde ya. Y en mi sepulcral silencio él continuaba contándome la historia de mi vida. La droga había destrozado la tapadera en Madrid por una pelea de bandas en la que resultaron apresados un par de cabecillas los que cantaron de pleno. La policía había llegado a un acuerdo y él, mi compañero, trabajaba para ellos como secreta buscando a los sicarios que contrató el cartel de Colombia para acabar con la amenaza de chivateos. ‘Muerto el perro se acabó la rabia’ – dijo casi sin observarse aflicción o cualquier rastro de sensibilidad en su discurso. Aquel tipo que estaba sentado en la misma cama que yo había dado un giro completo a mi vida y casi ni pestañeaba al contarme todo aquello. Tenía unas ganas locas de hacerle callar pero de la misma manera, necesitaba saberlo todo para poder encajar las piezas de aquel enorme puzzle.
- ¿Cómo hacía su labor mi mujer sin que me hubiera dado cuenta? – pregunté azorado por la impaciencia de entender aquel galimatías.
- Es que tú hace tiempo que no quieres ver la realidad. Llevas años cubriendo de mierda los agujeros de tu vida. ¿Cuánto hace que sospechas que tu hijo nos tuyo?, ¿cuánto tiempo que tu mujer te es infiel?, ¿cuánto tiempo sabías que tu hermano se mostraba demasiado reservado con relación a sus negocios?, ¿por qué nunca te invitó a ver sus fábricas de calzado o de confección de prendas de señora?, ¿cuántas veces preguntaste a tu mujer por sus periódicos viajes a la capital?. La respuesta estaba delante pero tú no la has querido ver. Cavando patatas, zanahorias o cultivando lechugas escapabas de la realidad de tu misma ilusión. – su voz acompasó por primera vez un gesto amigable mientras su brazo descansaba en mis hombros.
No tenía nada más que preguntar y ahora simplemente necesitaba tiempo para incluirme en la trama y desvelar la naturaleza de mi personaje junto con sus próximas y obligadas acciones. Dormí y soñé con suaves temperaturas, olas y una brisa que rizaba suavemente un mar sereno y azul. Lejos de aquel sopor, de aquel agobiante cúmulo de extravagantes e incomprensibles sucesos. Soñaba que mi vida era otra. Logré cavar las lechugas más verdes y frondosas que nunca tuve en mi huerta, la enorme cosecha de patatas y aquellas grotescas calabazas de un naranja apasionado. Pero como en todo sueño, el pequeño rayo de sol se coló por entre la gruesa cortina y dio de lleno en mi cara me despertó. Y tendido en la cama con la pistola en la mano intuí su acaecida muerte. Una ligera sombra en su cuello y un pañuelo en su boca. Frío como un témpano de hielo y rígido como la vara de mis tomateros. Mi mente bullía y las ideas se agolpaban en un torrente de opciones plausibles prestas para ser elegidas como la más acertada. La correcta elección me llevó de manera metódica a una calle oscura en la noche de aquel mismo día y me pude ver depositando varias bolsas de basura en tres cubos de basura. Ni restos de él ni asomo de mi pesar. Respiraba calmado y me mostraba nuevamente ligero y presto para emprender algún nuevo camino.
En aquellos días la gente en la calle me parecieron despistados, llenos de prisa y eso era algo que hasta ahora no había nunca observado en la naturaleza del cubano. Rebosaban paciencia y dejadez por cada poro de su piel. Unos que se arremolinaban en torno de charangas populares al son de comparsas y guagancós. Otros que empujaban carretas cargadas de souvenir que venderle al incauto extranjero. Chicuelos que pasaban zigzagueando entre la multitud mientras las carteras saltaban de los bolsillos de gigantes rubios despistados. Había más prisa en aquella ciudad, había más actividad y yo me sentía mejor en aquel renovado ajetreo. Soportaba mejor la recién estrenada desidia en las miradas que aquellos ojos que otrora se inmiscuían en cada gesto que realizaba mi persona. Vivía mejor en ese mundo de personas no conocidas ni preocupadas y en mi ahora total intimidad. Tardaron poco en poder leerse páginas de sucesos en relación con las muertes. Muertes ajenas a Cuba y a los cubanos pero muy cercanas a las menguantes y estropeadas relaciones de Fidel con países no aliados. Dos españoles, dos varones de mediana edad y una estilizada mujer colombiana de unos 36 años. España y Colombia, de drogas y prostitutas, de cumbias y pasodobles. Murieron en asombrosas condiciones y horripilantes desenlaces rezaban los amarillentos ejemplares de prensa internacional. Y mis lechugas descuidadas, mi preciosa huerta abandonada.
Volví mes y medio después por la misma puerta que me vio partir y con la misma maleta y casi la misma ropa, a excepción de un precioso sombrero de paja y aquel bronceado casual. Y en mi casa no habían llantos ni reproches. Encima de la mesa la pistola y debajo de ella una carta.
Hola.
A estas alturas no hay secretos que desvelar. Yo he encontrado al fin la paz y tú ese sosiego que necesitas en tu huerta cada tarde. No habrán más aventuras de mi boca, no más excusas para las ausencias de ella ni más disculpas a los modos de él. Habrá terminado el capítulo opaco de tu vida y el desenlace seguro fue merecido para los honores de cada cual. Sé cada detalle porque descifré tu miedo aquella misma tarde en la que tu mirada me habló de situaciones distintas a las que te contaba. Sin quererlo corregías mis monólogos con precisos gestos llenos de sabiduría. En tus manos la azada bailaba sobre las ocre tierra y las mías temblaba un arma más acostumbrada a tus caricias que a mis cuidados. Logré verlo todo claro en tus silencios que me hablaban de muertes, asesinatos, pagos y deudas. Tu hermano fue un títere y tu mujer la excusa. La cuenta del banco habló demasiado cuando por error leí aquel detalle de facturas millonarias, arrojado con descuido en la basura. Sin teléfono móvil, sin ocupaciones diarias, sin contacto con el mundo exterior pero con aquel afán costumbrista por escuchar patrañas inventadas, llenas de mentiras. Ahora sé que reías por dentro cuando te hablaba de muertes y de balas. Lo sé todo, todo lo que quiero conocer en la vida que aún me resta. Murieron en extrañas circunstancias: el alcalde con el que dejaste de jugar al dominó y la mujer del lechero que se mostraba impertérrita ante tus descarados flirteos. Demasiadas funestas casualidades que siempre favorecían tus más nimios quebrantos.
Me despido antes de que asombrarte por lo que digo con estas palabras, te pueda distraer en la ejecución de alguno de tus precisos movimientos. Has fallado en lo más básico, ¿dónde está el arma del crimen? Recuerdas seguro la pistola que un día probaste en la huerta mientras desinteresadamente acariciabas sus cachas sin que casi me diese cuenta. Casi me pareciste un auténtico y patético principiante, mirando con asombro el arma y apuntando al suelo. La tienen dos agentes de la policía madrileña aunque no lo sabrán hasta dos días después de que llegue esta carta y faltarán las balas correspondientes y por supuesto, tendrá tus huellas. No te preocupes por deshacerte de tu ropa cuando leas esto porque ya habré colocado una camisa como la que llevaste a nuestro viaje con sus manchas de sangre (mi sangre) y sus señas de sudor (tú sudor). Tengo conversaciones grabadas con tus diálogos maquiavélicos con ese tal Sr. X planeando el supuesto suicidio de tu mujer y la desaparición de mi hijo. Modestamente puedo decirte que con mi muerte has destruido tu excelente curso de maniacos asesinatos.
Tu mente trabaja por dos pero tu cuerpo solo es uno. Mi única manera de apresar tu metódico comportamiento en algún seguro lugar consiste en sacrificarme y vencerte con tus mismas armas. Habré muerto en paz si con ello conseguí que expertos de todo el mundo se inmiscuyan en tu fabulosa mente y por un momento verás con los ojos del que apresa tu cuerpo en la mayor parte del tiempo, esos actos asombrosamente espeluznantes que has cometido. Tu huerta y su estiércol natural será tu definitivo elemento de condena. Sé que ahora te asustarás al conocer por ti mismo que no eres lo que crees ser, al menos no todo el tiempo. Las drogas, el alcohol que bebiste como loco en los bares de
¿Aseguraste mi silencio? ¿y ese sudor en tus manos mientras lees mi carta? , ambos pesan sobre ti como los gruesos barrotes de esa celda que te espera.
Él. Nosotros para ser exactos
P.D. La basura que tiraste a aquellos cubos la rescaté y reposa en un precioso nicho del cementerio nacional cubano, no merecía ser menos que otro cualquiera con su llanto acallado por el terror. Ahh y tu hermano no existe, eres huérfano y es a ese Mr. X a quien le debemos el asunto de las drogas y los problemas con los cartel, es un sucio chivato que ha recibido su merecido. Nos espera el infierno y por ti ya he ido yo.
Y yo que continuaba oyendo clara su voz, malditos sean mis oídos.
FIN
1 comentario:
Me parece un texto tremendamente interesante, tanto en su trama como en su elaboración. Sin embargo poco claro en su principio, ya luego más de la mitad de su recorrido se pone más exacto y con la dirección enfocada. Creo que da inclusive para una novela. Pero ojo con su inicio, es ahí donde debemos atrapar la atención, es como las primeras escenas de una pelicula.
A ratos redunda en las mismas ideas; haces alución y descripción al menos dos veces al clima, al calor.
PD: (disculpa si hago la critica tan firme pero c me sale lo profe).
Un besito......te felicito.
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