lunes, 16 de abril de 2007

Un pajarillo

En un claro del camino, me encontré un pajarillo. Me miraba entusiasmado, piando y aleteando encaramado en una pequeña rama del aquel enorme ciprés. Trino a trino, mi ansiedad iba en aumento, me sentía sólo y ya era capaz de contar cada movimiento de sus alas acompasado por el sonido de su canto. Se borraron el resto de sonidos del mundo. El pajarillo y yo nos hablábamos anónimamente, sin saber nada el uno del otro pero pretendiendo conocer cada secreto por pequeño o desmesurado que éste pudiera ser. Lejos de mí, en esa encumbrada y frágil rama, apartado pero presente en cada nuevo pestañear me miraba. Aquella tarde se hizo corta. Yo debía marchar y él pajarillo no tardó tampoco en volar. A otro lado con su canto, me dije, ¿a quién alegrará ahora?. Volví a mis rutinarios pasos, sobre los que mi vida era un camino trillado por las idas y venidas, por el andar y desandar. Algo en mí, sin embargo, había quedado impregnado de la esencia vital, gratificante de aquel precioso animalillo. Alguna de nuestras palabras, olvidadas por el propio olvido, recordadas por el ansia de algún extraño y nuevo sentimiento que no acerté a comprender, pululaban en mi cabeza y me paraban el corazón a ratos. No dormí, soñando toda la noche con mi pajarillo. Ya, sin quererlo, era un poco mío. Adornaba mi despertar con sus cantos que venían a mi oído por momentos sin más razón que esa extraña fuerza, magia de la que me sentía impregnado.
Caía el sol, y el cielo marcado por la creciente falta de luz se teñía de morado. La mancha de las moras, cuya esencia me embriagaba algún sentido muy cerca del gran ciprés. Sí, había vuelto de nuevo, al siguiente día al mismo lugar. Ahora aquel canto ya no se oía más que en algún escondido conuco de mi alborotada mente. Y me sentí mareado porque al aroma de la mora verde se unió la frágil percepción de ese leve aleteo y de ese canto que tal vez no volviera a oír. Cada miedo, logró erizarme pelo a pelo y convertirme en el puerco espín de algún bosque lejano donde ya ni el trino de un pajarillo era perceptible. Me abandonó mi espíritu, voló lejos, tan lejos de mí que tampoco pude ir con él. Perdido en cada nuevo atajo, su camino me confundió, sus pasos apresurados cansaron mis ganas.
No sé si fueron horas, tal vez segundos y … ahora, de nuevo consciente de mi mismo trepé al árbol de aquel sueño. En la rama de mi anhelo, el parajillo que me animaba con su canto otrora, era ahora una flor pequeña y frágil. La belleza de un poco nada más, el preciosismo de lo que por ser concentrado, minimalista subyugaba aún mas la atención. El aire tibio, agitaba imperceptiblemente su corona, blanca y morada. Cual recuerdo en alguna tumba de algún difunto, marcando el paso olvidado de algún alma ahora en penitencia o en disfrute.
El sueño de aquel pajarillo de canto alegre y sensible que en mi ausencia voló hasta el moral. La mora verde que enloquecía mi olfato, abrumando mi imaginación, fue alimento de necesidad. Pobre pajarillo, su canto era un reclamo al viento, al cielo, a ese Dios de los pájaros indefensos y llenos de vida apresurada que corre lejos y no permite ser perseguida. Una mora verde, la misma que enloqueció algo en mí, encandiló la desesperación en aquella frágil alma, ansiosa de vida. No es costumbre beber del río que emponzoñado pasa por delante de tu sediento espíritu pero … la necesidad marca el destino. Y aquel pájaro murió por el hambre. Ese hambre que te obliga a comer. Ni el canto desesperado (pletórico de ganas, sentimiento, dulzura para encantar) pudo ayudarle. Nadie más que yo fue capaz de sentir la fuerza de un espíritu que a gritos suaves y dulces reclamaba vida. La mora verde fue muerte cuando, con un poco de tiempo nada más, podría haber alimentado muchos sueños. El pajarillo murió y algún motivo de alegría con él. No pude entenderlo y ahora es tarde para los dos. En algún día que no recuerdo murió un pajarillo, la ilusión de un sueño, algo de mí.


A ese alma que sensible acompaña mis ansias.

No hay comentarios: